El último dato de un aula española es de 2012
El País publicó el 8 de marzo de 2026 un reportaje de Adrián Cordellat sobre el atasco del inglés en los colegios. La cifra con la que abre es la del Estudio Europeo de Competencia Lingüística: de 7.651 alumnos españoles de cuarto de la ESO, solo el 24 % llegaba a manejarse con independencia en inglés. Tres de cada cuatro, no. España quedó en el furgón de cola de los catorce países medidos.
Ese estudio se publicó el 21 de junio de 2012 y no se ha vuelto a hacer. Catorce años.
Y en esos catorce años se ha montado el mayor experimento educativo del país: hoy hay casi un millón y medio de alumnos estudiando asignaturas en inglés. Nadie ha vuelto a medir el resultado con la misma vara.
El índice que se cita no mide a ningún escolar
Como no hay dato de aula, se usa el que hay: el EF English Proficiency Index, donde España saca 540 puntos y aparece entre los peores de la Unión Europea.
Ese índice mide a mayores de dieciocho años que entran por su cuenta en internet a hacer un test gratuito. No es una muestra de alumnos, no es un examen oficial, y no hay dentro un solo chaval de la ESO.
Los dos datos son ciertos. Ninguno de los dos responde a la pregunta del titular: qué inglés tiene hoy un chico de dieciséis años en un instituto español. Eso hoy no lo dice ninguna medición estatal.
Las seis medidas que se proponen son todas de cantidad
El reportaje recoge lo que piden los expertos consultados, y conviene leerlo seguido. Ocho horas de inglés a la semana en Primaria, ESO y Bachillerato. Grupos de doce a quince alumnos en vez de los veinte o veinticinco de ahora. B1 obligatorio al acabar la ESO, B2 al acabar Bachillerato, C1 para los maestros y C2 para los especialistas. Pruebas nacionales externas en tercero de Primaria, en sexto, en cuarto de la ESO y en la entrada a la Universidad. Más auxiliares de conversación nativos. Y campañas para que se subtitule en vez de doblar.
Cuenta las piezas. Son seis medidas y las seis son de cantidad: más horas, menos alumnos por aula, más certificados, más exámenes, más nativos y más pantalla en inglés.
Ninguna dice qué se hace dentro de la hora de clase.
Veinte años de más dosis, y la cifra sigue quieta
La apuesta bilingüe tiene dos décadas. El propio reportaje lo reconoce: el nivel ha mejorado, pero no lo que se esperaba. Y el índice que se cita lleva una década plano, subiendo y bajando unos pocos puntos de un año a otro.
Aquí hay una cuenta que se hace sola. Dos décadas, millón y medio de alumnos, y el número quieto. Si al multiplicar la dosis el resultado se queda donde estaba, el problema no es la dosis.
El español aparece una sola vez, y aparece como culpable
En todo el reportaje nuestro idioma se nombra en un sitio, y es este: como el español es una lengua fuerte y España es la primera potencia mundial en doblaje, el alumno tiene menos incentivo para aprender inglés. Ahí se acaba.
Ahí está el atasco.
El alumno español no llega a clase vacío. Llega con un idioma entero montado en la cabeza: sus tiempos verbales, sus sujetos, sus complementos, sus quince maneras de decir la misma cosa. Un sistema que trata eso como el problema tira lo único que el alumno ya tiene puesto.
Llevo enseñando desde 1982: si un método no arranca en el español del alumno, da igual cuántas horas le pongas delante.
Con las horas que ya hay se puede hacer otra cosa
Yo no voy a pedir ocho horas. Con tres bien usadas se llega más lejos que con ocho repitiendo audios.
El mecanismo es este: la frase se piensa entera en español, y las palabras inglesas van saliendo detrás, una a una, como los peldaños de una escalera.
Mira la segunda. En español los años se tienen, igual que se tiene un coche. En inglés no se tienen: se es. El alumno que ha visto eso una vez ya no vuelve a decir I have 25 years, y no ha hecho falta ni una hora más de clase.
Lo que no he podido comprobar
Tres cosas quedan fuera y las dejo dichas. No sé si el Estudio Europeo se va a repetir algún año, porque no hay ninguna fecha anunciada. No sé cuántos de ese millón y medio de alumnos están en programas exigentes y cuántos en programas de mínimos, que es la diferencia que señala el propio reportaje. Y no sé qué nivel real de inglés tiene el profesorado, porque ese dato no se publica.
Y una cuarta que va aquí aunque no me convenga: un estudio de 2018 de la Universidad de Jaén, con unos dos mil alumnos de 53 centros, concluyó que la educación bilingüe sí mejora la gramática, el vocabulario y las destrezas orales frente a los programas no bilingües. Eso también es un dato.
Fuente del reportaje comentado: El País, sección Extra Colegios, «Los estudiantes españoles se atascan en el aprendizaje de inglés», de Adrián Cordellat, 8 de marzo de 2026. Enlace al original. Consultado el 17 de agosto de 2026. Cada cifra de este artículo lleva su fuente y su fecha.
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Las reglas con las que escribo estas piezas están en el manifiesto: cada cifra con su fuente y su fecha, y lo que no puedo comprobar, dicho.
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Catorce años sin medir el inglés de las aulas. El tuyo lo puedes medir hoy, en dos minutos: prueba de nivel.