Eso no es un fallo de la máquina. La máquina ha hecho su trabajo. El problema es que el trabajo que hizo era el tuyo.
Lo que hace mejor que yo, y no es poco
Hay cuatro cosas en las que la máquina me gana.
No se cansa. Puedes decirle la misma frase cuarenta veces a las tres de la mañana y a la cuarenta y una sigue igual de dispuesta. Yo no.
No te juzga. Para un alumno que lleva veinte años sin abrir la boca por vergüenza, hablarle a una máquina es un sitio donde empezar. Eso vale.
Te explica una regla al instante, y casi siempre la explica bien. Si preguntas por qué se dice I've been y no I am, te lo contesta en dos líneas y con ejemplos.
Y traduce mejor que cualquier diccionario que yo haya tenido en la mano.
El experimento que explica por qué no te queda nada
En 2006, Henry Roediger y Jeffrey Karpicke publicaron un trabajo que se ha convertido en clásico. Repartieron a unos universitarios en dos grupos con el mismo material. Unos lo estudiaban otra vez. Otros cerraban el papel y trataban de recordarlo.
Léelo otra vez con tu móvil delante. Cuando la máquina te da la frase hecha, tú estás en el grupo que vuelve a leer. Te sientes bien, la frase parece tuya, y a los cuatro días no está.
Lo que no va a poder hacer, y no es cuestión de que mejore
Nada de lo que viene ahora se arregla con la siguiente versión.
No te ha visto atascarte. Puede escribirte un temario plausible en tres segundos. Plausible no es contrastado. Yo sé en qué frase se para siempre un hispanohablante porque lo he visto pasar en clase, no porque lo haya deducido.
No sabe de dónde te viene el error. Dices I have 25 years por culpa de tu español, donde los años se tienen. La máquina te corrige el inglés. El que ve el español que hay debajo es quien conoce los dos idiomas.
Y la tercera: te da la respuesta. Eso no es un defecto, es para lo que está. Pero es exactamente lo que no enseña, porque lo que fija la frase es el esfuerzo de sacarla, no el de leerla.
Cómo la usaría yo con un alumno
No la prohibiría. Le pondría una regla de orden, y es la misma que rige todo lo demás.
Ahí van cuatro frases que cualquier máquina te resuelve en un segundo. Tápate el inglés y sácalas tú primero:
Mira la segunda. En español el reloj se cae solo y no hay culpable. En inglés lo tiraste tú, y el sujeto aparece en cuanto abres la boca. Eso es lo que hay debajo de la traducción, y es lo que la traducción no te enseña.
Por qué en mi web pone «sin inteligencia artificial»
En mi portada está escrito «sin inteligencia artificial», y conviene saber a qué se refiere.
No significa que aquí no haya ordenadores. Frasly es un programa: reparte las frases, lleva la cuenta de lo que fallas y te las devuelve cuando toca. Eso es tecnología, y menos mal.
Significa otra cosa: qué frase enseñar, en qué orden y con qué ritmo de repetición no lo ha decidido ningún algoritmo. Lo he decidido yo, clase a clase, desde 1982. La tecnología reparte y repite. El criterio es mío.
Es la distinción que conviene mirar en cualquier producto que compres, no solo en el mío: si la máquina reparte, bien. Si la máquina decide qué te enseña, pregunta quién ha comprobado que eso funcione.
Lo que no he podido comprobar
No sé qué modelo hay dentro de cada aplicación que se anuncia como inteligencia artificial, porque casi ninguna lo publica.
No he medido cuántos alumnos aprenden más o menos usándola, porque ese estudio no existe todavía con el tamaño que haría falta.
Y el experimento de Roediger y Karpicke no se hizo con idiomas, se hizo con textos. Que valga igual para el inglés es una extrapolación mía.
Empieza por saber dónde estás
Con esto ya no vas a sacar el móvil antes de intentarlo. Primero tú, después la máquina.
No te pido que te creas nada de esto porque lo diga yo. Te pido dos minutos: la prueba de nivel son doce frases, sin registrarte, sin darme tu correo ni un solo dato.
Y lo que va detrás no lo ha escrito ningún algoritmo: el curso en vídeo te explica el porqué, Frasly te devuelve cada día justo la frase que fallaste, y la clase grupal de cada mes es donde la sueltas delante de alguien que te corrige.
Vuelve a la frase del principio, «llevo tres años aquí», y sácala sin mirar. Si te sale sola, ya la tienes. Si te paras, ahí tienes trabajo: prueba de nivel.